MADRID
Bernal Espacio Galería
Mike Disfarmer. In America: Soul of a People, 1939-1946. Del 5 de mayo al 4 de junio.

Por sobre todos los méritos que reúne la exposición de Bernal Espacio lo más peculiar es la historia que arrastra su protagonista Mike Disfarmer (1884-1959) que en realidad se llamaba Mike Meyer. Es la de la vida de un excéntrico personaje al que le llega el éxito póstumo, la historia de un descubrimiento artístico y la revolución del mercado del arte. En la actualidad, sus retratos son comparados con los del fotógrafo alemán August Sander, sus fotos son preciados objetos de coleccionistas y, en su momento el mismísimo Richard Avedon le calificó como “indispensable” en la historia del retrato americano del siglo XX.

Pero vayamos por partes. En la primera muestra que se hace sobre las fotografías de este ‘tipo pintoresco’ en Madrid, se podrán ver un selecto conjunto de las imágenes más representativas de su maravilloso corpus de retratos y, además, un vídeo del álbum Disfarmer: Bill Frisell que el destacado músico de jazz compuso inspirado en su obra.

Disfarmer retrató a una sociedad profundamente afectada por la Gran Depresión, logrando de manera inconsciente lo que fotógrafos formados y conocidos como Dorothea Lang, Ben Shahn o Walker Evans realizaron de la mano de la oficina de Administración de Seguridad Agraria. Adquiriendo un rango de veracidad que le situará dentro de la tradición fotográfica documental norteamericana de primeros de siglo y como icono del retrato clásico americano. Durante los años 50 retrató una sociedad más optimista, pero con un negocio ya en decadencia hasta su muerte en 1959.

Nacido en una numerosa familia de inmigrantes alemanes, que echó raíces Heber Springs, un pequeño pueblo de Arkansas, estaba obsesionado con su apellido: Meyer, que en alemán significa granjero y Mike era un hombre que desde luego no quería mancharse las manos de tierra. No solo no se las manchó, sino que dio un giro de 360º a su vida.
Mike Meyer vivía con su madre en la pequeña localidad de Heber Springs, donde se dedicaba a la fotografía de manera profesional, desafiando la tradición ruaral familiar. Llevaba trabajando desde el 1915 en el Studio Penrose and Meyer realizando retratos típicos de aquella época, en los que los fotografiados posaban en decorados creados para ambientar y dar prestigio a la imagen.
En la década de los años 30, al parecer su madre fallece, su casa desaparece y este hombre, al que apenas se le conocían amigos y ninguna relación estable, decide que es el momento de comenzar una nueva trama en su vida. Comienza cambiando legalmente su apellido por el de Disfarmer (que precisamente significa no granjero) y abre su propio estudio en la calle principal de Heber Springs.
Ya, trabajando a su aire es cuando elimina todo artificio en torno al personaje. El decorado pasa a ser un telón negro o blanco con una raya negra vertical, dando un aire más contemporáneo a la imagen. El retratado, aislado, toma fuerza bajo la mirada dominante de Disfarmer y obtiene toda la atención de quien contempla la imagen. Granjeros, amas de casa vestidas para la ocasión, soldados a punto de enrolarse en la II Guerra Mundial, niños y familias fueron algunos de los clientes que posaron para él. En algunas ocasiones temerosos ante un fotógrafo que, por su excéntrico carácter, pertenecía a la comunidad pero al mismo tiempo era un extraño para todos. Hay que subrayar que este visionario restaba importancia a los retratados, fijándose con ahínco en la composición e iluminación de sus fotos. En esa época vendía tres copias por medio dólar, no vivía con holgura pero nunca tiró la toalla.
Tras su muerte, las fotos habían decorado paredes, alimentado álbumes familiares o se convirtieron en tarjetas postales, con la II Guerra Mundial, estuvieron a punto de perderse para siempre. Unos 4.000 negativos y copias pasaron al olvido, hasta su redescubrimiento en 1970.
Localizadas por un coleccionista, los retratos dejaron boquiabiertos a los expertos e historiadores por su enorme calidad y su estilo personal, que enseñaban a sus modelos con una solemnidad particular y rodeados de una atmósfera de misterio que parece prefigurar el mismo estilo gótico estadounidense de la literatura irónica, violenta y de descarnado humor negro.
El conjunto de obras presentadas en Bernal Espacio Galería, son un buen reflejo de la prolífera producción de Mike Disfarmer, en la que la selección subjetiva crea el discurso. Un discurso que retrata a su complejo autor a través de los distintos perfiles que habitaban su comunidad y la ambivalencia afectiva que sentía hacia ella. Pese a no sentirse identificado, fue el mejor cronista de su tiempo.
Para saber más acerca de Mike Disfarmer…
• Concierto Bill Frisell The Disfarmer Project
• DISFARMER, proyecto teatral creado por Dan Hurlin
• Disfarmer – Movie Trailer
• Playlist: jazz music Bill Frisell
BARCELONA
Fundación Setba
Querido maestro Catalá-Roca. Colectiva. Del 28 de abril al 23 de junio de 2016.

Querido maestro Català-Roca, es una aproximación a la historia de Barcelona de la mano de Francesc Català-Roca (Valls, 1922 – Barcelona, 1998) y diez fotoperiodistas contemporáneos: Sandra Balsells, Andreu Català, Colita, Pepe Encinas, Joan Guerrero, Kim Manresa, Jordi Pol, Leopoldo Pomés, Txema Salvans y Tino Soriano.

La muestra de la Fundación Setba en torno a este gran maestro que se distinguió por su forma tan “primitiva” de entender la fotografía, lo que se convirtió en la clave de su éxito, se articula en tres partes: diálogos, retratos y objetos. Las salas principales acogerán un diálogo entre la obra de Català-Roca y la de estos diez fotoperiodistas.


En la Sala Llimona se podrán ver los retratos de artistas y escritores realizados por Català-Roca entre 1950 y 1975 y por último, se exhiben una serie de piezas únicas que pertenecieron al fotógrafo: ópticas, material fotográfico y cámaras e incluso su Hasselblad.


El fotógrafo siempre duda: qué ángulo hay que tomar, qué diafragma y qué velocidad hay que elegir, qué película hay que preferir… no debe dudar nunca a la hora de disparar”. Catalá-Roca.
La gran gran aportación de Francesc Català-Roca fue entender que la fuerza de la fotografía se encuentra en su más simple esencia: la luz y la composición lo son todo. Sin artificios. Otra de las peculiaridades fue que por amor a la realidad rechazaba que se le catalogara como artista, de hecho, le importaba poco que se destruyeran sus fotografías y desechaba todos los negativos malos. Paradójicamente entendía que si la fotografía tiene valor, es porque puede ser reproducida infinitamente.




No se puede entender el documentalismo español sin este hombre que conoció y entendió como nadie la España de la posguerra, y que partió del neorrealismo para crear una vasta obra de más de 200.000 negativos. Catalá-Roca se colgó una cámara al hombro a los 13 años y ya no la soltó jamás. Él quería hacer muy distinto de lo que veía en casa con su padre Pere Català Pic, un vanguardista convencido aferrado a las premisas del constructivismo ruso. Francesc, sin embargo, buscaba captar la realidad y comunicar, pero con un gran sentido de la innovación. Y así documentó durante más de dos décadas la realidad de un país que poco a poco salía de las tinieblas.

WASHINGTON D.C., EE:UU
Antigua Residencia de los Embajadores de España (*)
Ilustradores Españoles: El Color del Optimismo. Colectiva. Hasta el 26 de junio de 2016.

Hubo un tiempo en el que la ilustración no pasaba de ser un divertimento, una afición decorativa y un buen complemento para cuentos infantiles u otros textos editoriales. Lo sigue siendo (a mucha honra), pero ha ascendido al escalafón de medio de expresión valorado y en muchos casos a arte. De la mano de Mario Suárez, comisario y periodista especializado en arte y tendencias, un potente grupo de 28 ilustradores españoles, cuyos trabajos son habituales en publicaciones nacionales e internacionales, galerías, museos y publicidad,han reunido sus obras más, frescas, atrevidas y coloridas para reflejar el lado ‘amable’ de la vida y así dar forma a la exposición El Color del Optimismo en la Antigua Residencia de los Embajadores de España en Washington D.C.


Fueron artistas como Goya, Picasso y Dalí, ilustradores distinguidos, los que impulsaron el desarrollo de esta disciplina artística convirtiéndola en una de las bases de las bellas artes. Los años 80 y 90 fueron momentos álgidos para la ilustración en España donde resonaban nombres como Mariscal o Jordi Labanda. En la actualidad se observa un nuevo impulso de los creadores españoles que se han convertido en referencia absoluta en el uso del lápiz en todo el mundo.


Siguiendo un pertinente orden alfabético los artistas de esta muestra son Raúl Allen, Marta Altés, Óscar del Amo, Iban Barrenetxea, Paula Bonet, Mikel Casal, Ricardo Cavolo, César Fernández Arias, Carla Fuentes, Óscar Giménez, Javier Jubera, Violeta Lópiz, , Merino, Gabriel Moreno, Santiago Morilla, María Pascual, Silvia Prada, Sonia Pulido, Paco Roca, Conrad Roset, Aitor Saraiba, María Simavilla, Eva Solano, Iván Solbes, Robert Tirado, Luis Úrculo, y Noemí Villamuza.


Cada uno, con sus propias técnicas, tiene un estilo muy marcado, una manera de ver y de contar absolutamente distinta al resto. En cuestión de expresión (afortunadamente) los caminos siguen siendo infinitos. Por ejemplo, las ilustraciones de Óscar del Amo (Valladolid, 1974) se balancean en la arena de la fantasía y el surrealismo. No oculta sus influencias del mundo del cómic y de la animación, sin embargo sus dibujos están envueltos en un halo de bondad, dulzura e inocencia no excenta de picardía. Su sello lo dan el gran manejo del color, las texturas casi fotográficas y los ambientes perfectos, envolventes y equilibrados.


Para Ricardo Cavolo (Salamanca 1982), un alquimista que mezcla mundos como el del tatuaje y lo tribal con un realismo naïf y mágico para dar forma a sus “historias e intrahistorias”, que el Cirque du Soleil lo eligiera para reinterpretar el cartel de uno de sus espectáculos supuso un nuevo capítulo en su vida. A partir de ahí pasó a ser uno de los ilustradores más nombrados de la cultura underground europea, solicitado por las editoriales de libros y revistas más prestigiosos y exponiendo su obra pictórica en galerías de Madrid, Montreal o México.


A la vieja usanza Sean Mackaoui (Lausana, Suiza, 1969) es de los que aún adoran a las tijeras para dar forma, vida y un mensaje a sus collages. Uno de los aspectos llamativos de sus obras es que el infinito del blanco que acoge cada una de sus ilustraciones, limpias, precisas y poéticas, es enorme en proporción y da la sensación de formar parte de un universo distinto, su otro universo.


El venezolano César Fernández Arias (Caracas, 1952), el veterano del grupo, es pintor, ilustrador, dibujante y escultor, define su estilo como “afín a las vanguardias históricas y al constructivismo”. Casi artesano, profesa un especial interés por los trabajos de manufactura y experimentación con los materiales. Sus personajes, en los que prima el amor por la geometría, son irónicos, ácidos y tremendamente tiernos. Todos nacen de los trazos definidos y sencillos en tinta china o rotulador.


La valenciana Carla Fuentes, cosecha del 96, lo tiene claro: “Dibujando muestro todo aquello que me emociona, que encuentro en esta vida y que me llena de verdad” y ese deleite lo contagia. Con ciertas reminiscencias de Egon Schiele y una lejana evocación a Alex Katz, da forma a retratos complejos, con personalidad, miradas que intimidan y soledad humana. Carla define sus obras como “lineales, limpias, con ligeros toques de color y alejadas de representar la realidad”.


Y queda mucho por contar sobre el resto de los creadores de El Color del Optimismo, pero son sus propias obras las que lo resumen todo. Tras ver esta seleción, hay algo que queda claro: habrá que poner alguna ilustración en nuestras vidas… Mejor dicho, en las paredes de casa.
(*) Antigua Residencia de los Embajadores de España, 2801 16th Street NW, Washington, DC 20009
Me ha encantado este artículo y las ilustraciones que aparecen en él.
Un saludo
Berta
Muchas gracias Berta, es gente con mucho talento.