LAS COSAS DEL QUERER

Ramón Masats: «La felicidad no es constante, es un montaña rusa»

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Ramón Masats es un grande de la fotografía española. En los años 50, bajo el mandato de Franco, puso patas arriba el fosilizado y grisáceo mundillo del fotoperiodismo. Autodidacta e instintivo, se ‘inventó’ un estilo propio, manteniéndose al margen de cualquier corriente fotográfica. Consecuente con los designios de su mirada, cambió el encuadre, la composición y el positivado de sus carretes para dar mayor contraste a los blancos y negros y, al mismo tiempo, a la realidad. Experto cazador de instantes, a través de su objetivo, siempre crítico, dotó con una pizca de ironía la miseria que entonces se respiraba en España. Retratista magistral de nuestros ancestrales tópicos -toros, procesiones, fiestas y demás- lleva varios años retirado, pero un nuevo premio y una exposición nos han llevado de visita a su estudio en Madrid.

Masats estaba destinado ocuparse del colmado familiar. Lo de vender pescado, no era lo suyo. Lo de cocinarlo lo es: el bacallà amb samfaina se le da tan bien como la fotografía. © Thomas Canet

-Ramón ¿le puedo tutear o prefiere que le trate de usted?- «Llámame excelencia», suelta con fingida parsimonia. El sentido del humor, la ironía y la libertad de ser tal cual es, sin dobleces, son inherentes a Ramón Masats (Caldes de Montbui, Barcelona, 1931) y a su fotografía. Este señor barbudo, grandullón, con ojos enormes y mucho que contar, nos recibe en su estudio de Madrid con los brazos abiertos, la distancia de seguridad pertinente, la mascarilla puesta y con su hija Sonia. «Esto de la pandemia me parece una putada», murmura, asumiendo que el tapabocas es un incordio, tanto para hablar, como para escuchar. Tiene razón.

La excusa para nuestro encuentro es que le han otorgado el Premio Internacional de Fotografía Alcobendas 2020, que según el jurado ha merecido por “su notable trayectoria fotográfica -ejemplar para la creación fotográfica en España- la gran calidad de su trabajo y su inmensa talla humana”. También tienen razón. Este galardón es el último de una larga lista que comenzó en los 60, con un Premio Nacional, en 2004, incluido.

Los ojos y la mirada de don Ramón le dieron un lenguaje único para contar la realidad, deteniéndose en los pequeños detalles. ©Thomas Canet

Al inicio de nuestra charla da la impresión de que Ramón Masats habla poco, pero no, habla lo necesario y con cierto deje catalán. Mientras responde escuetamente a cada pregunta -muchas veces lo hace en presente, no en pasado-, su mirada parece una ventana abierta a la recopilación mental de imágenes o recuerdos que desfilan por su cabeza – con una cabellera densa, blanca y desmelenada, que evoca la de Beethoven-, hasta llegar a sintetizar lo que quiere decir. En la biblioteca de historias vividas, con casi 90 años, los archivos existenciales son más difíciles de localizar.

¿Qué habrá hecho este hombre para acumular tanto reconocimiento y ser considerado Maestro de Maestros en la fotografía española? En primer lugar, desobedecer a su progenitor. Su futuro era quedarse con la bacaladería de su padre. Como primogénito, le tocaba coger las riendas del colmado. «Sí, porque en Cataluña l’hereu (el heredero) es l’hereu. Yo era el hijo mayor y debía continuar con la saga familiar», explica. Pero el pequeño Ramonet, según recuerda el gran Ramón, manifestaba otra clase de inquietudes: «Cuando era pequeñito dibujaba, muy mal, leía y escribía… Tenía cierta tendencia artística». En su familia, seguramente, debían intuirlo. Esa vena creativa latente, en algún momento, acabaría manifestándose. Y fue cuando, durante la mili, cayeron en sus manos libros de fotografía y se dijo a sí mismo: «¡Coño, esto me puede interesar!» Compró una cámara y ahí comenzó todo. «Muy a su pesar, mi padre me dejó marchar», reconoce.

«Cuando me vine a Madrid él me dijo: ‘Ya volverás, ya’… Y no volví». Hacer lo que le viene en gana es, todavía, una de sus constantes vitales, lo corrobora Sonia -que puntualiza varias cuestiones durante la entrevista-: «Es un vividor, va viviendo lo que viene y lo otro, es pasado».

La foto de Ramón Masats de niño, junto a sus padres y su hermana, en una de las paredes de su estudio.

Con su cámara Masats, autodidacta, se «inventó» un estilo propio, instintivo, se convirtió en reportero gráfico, rompió esquemas y recorrió casi toda España, primero en una moto y luego en un Seat 600, con la misión y el encargo de promocionar el turismo nacional. «Viajaba solo, no tenía ayudante», comenta, «cargaba con seis cámaras, el equipo y vigilando que no te robaran… Fue una buena época, la gente era muy hospitalaria y más sencilla». Esa cordialidad que encontraba en su camino, le facilitó su arte de inmortalizar las fiestas, las procesiones, romerías y demás tradiciones patrias.

Masats fotografiaba escenas que para otros pasaban desapercibidas. «Guisando» (1964). ©Galería Blanca Berlín
Te llaman precursor y al día siguiente te vienen a cobrar»

Masats trabajaba por encargo para distintas publicaciones, pero lo hacía de una forma muy distinta a la de sus compañeros de profesión, que se limitaban a ‘cubrir el trámite’ de una manera más industrializada, siendo fieles a la tendencia de la época. Para empezar, nuestro héroe tenía sentido del humor y una mirada irónica capaz de traspasar la miseria de la mustia España de los años cincuenta. Una época en la que abundaban la represión y el hambre y escaseaba, además de todo lo básico de una sociedad libre, la cultura. En cuanto a la técnica, la mayoría revelaba sus trabajos en la académica gama de grises y con los contrastes suavizados. El catalán, en cambio, se enfrascaba en un positivado muy marcado: unos blancos y negros muy definidos y contrastados. Sus encuadres tampoco eran el trending topic de entonces, la geometría, era clave en sus composiciones y le ponía ritmo jugueteando con los planos verticales y horizontales, las diagonales y la perspectiva.

Además de buen fotógrafo es un modelo de excepción. Masats ama las cámaras por sus dos caras. ©Thomas Canet

¿Se creyó alguna vez que era un fotógrafo buenísimo?

«Sé que soy un buen fotógrafo, pero tanto como buenísimo. ¡Yo qué sé! Son los otros los que tienen que valorarlo. Cuanto te valoras demasiado a ti mismo… Mal asunto».

A través del objetivo de su cámara, la mirada de Ramón Masats, instintiva, escanea la realidad, la transforma y en sus fotos nos desvela la preciosidad de lo fugaz. Es un diestro cazador de instantes. «Cuando haces fotos hay una frontera -explica-, más que una frontera, es una opinión que te da tu corazón y que procuras que se imponga sobre lo que está ocurriendo. La imagen no es una cosa fría que te encuentras, tú opinas y tu criterio personal te sirve de filtro. Es uno el que mira de una manera determinada y lo que quieres proyectar frente a la realidad».


Para Seminario de Madrid (1960), imagen que ama y odia en la misma medida, el fotógrafo hizo entre 20 o 25 disparos. © Galería Blanca Berlín

La famosa foto ‘Seminario de Madrid’, (1960), la del sacerdote volando con su sotana, en la portería para frenar el balón durante un partido de fútbol (que por cierto fue un gol), es un ejemplo perfecto de todo lo que comentábamos: la mirada, los contrastes, la geometría, los planos, la perspectiva y el segundo exacto. También es la primera fotografía española adquirida por el MoMa de Nueva York para su colección. Asimismo, es la obra favorita de su autor, aunque admite que la detesta con idéntica pasión. «Del amor al odio hay un pasito ¿No? Es la que más me gusta hasta llegar a odiarla. Son las circunstancias las que me llevan al Ya está bien«. A nadie le gusta que le encasillen.

Masats, durante la mili en Lleida. Fue entonces cuando unos libros de fotografía le abrieron lo ojos (nunca mejor dicho).
Cambiando de tema…

Además de vago y pasota, según el mismo se define, este buen hombre con una mirada única e intransferible también tiene una alergia atroz a los compromisos profesionales. Siempre prefirió ser freelance a atarse a un contrato. En los 60 Masast deja en modo reposo la fotografía y se pasa, sin mirar atrás, a la tele, los documentales, el cine y la publicidad. Entre sus múltiples logros de entonces, dirige un largometraje Topical Spanish (1970), su única película: «Fue solo una . Meterme en el follón del rodaje y de la gente, era eso, un auténtico follón». Punto y aparte.

Su amor por el cine era equiparable a su pasión por la literatura. En los 60, formó duetos envidiables con varios escritores, ellos ponían las letras y él las imágenes. Neutral Corner (1962), que firmó con Ignacio Aldecoa es un ¡lo quiero ya! para los amantes de la fotografía, del boxeo y de los buenos textos. » Yo, antes de ser fotógrafo, ya era algo aficionado al boxeo y en Barcelona iba bastante a los combates», nos cuenta. «Entonces, antes de poner en marcha el proyecto, Aldecoa me dijo: Yo te voy a enseñar los gimnasios y tú haz las fotos que quieras, luego yo pondré los textos. Y así lo hicimos, e incluso yo hice la selección de las fotos para publicar».

Huelva (1965). Masats solo hacía fotos por encargo, sino prefería quedarse en casa leyendo. ©Galería B. Berlín

Con Miguel Delibes se aliaron para hacer otra joyita: Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), pero el proceso fue a la inversa. « Delibes vino ya con un texto, lo leí y me puse con las fotos. Incluso estuvimos juntos buscando localizaciones con mi coche por tierra de campos, que es donde transcurre la historia». Ramón también trabajó con Rafael García Serrano adentrándose con su mirada en Los Sanfermines, con Caballero Bonald o Francisco Umbral «que me gustaba mucho, tenía mucho sentido del humor», recuerda con una sonrisa. «Cada uno es distinto me entusiasma mucho que pongan su personalidad «. Sin embargo ninguno le contagió el gusanillo por coger una pluma. «Yo no escribo mal», dice, «pero no he escrito ficción. Sin embargo, en cartas u otros textos que me han pedido, sí tengo un estilo irónico festivo de escritura».

Ring, de Neutral Corner (1962), el libro, de esos que hay que tener, que hicieron con Aldecoa. ©Galería Blanca Berlín.

En los 80, huyendo del compromiso oficial de tener que quedarse en plantilla para Televisión Española, decide retomar la cámara de fotos, pero encuentra que las cosas ya no son como eran: el color ha pasado por encima del blanco y negro; la miseria y la tristeza generalizada, así como Franco, ya no están, la democracia es una fiesta y España está desperezándose para seguir el ritmo de la modernidad. Masats no se traumatiza, con el estilo campechano que le caracteriza se adapta a los nuevos tiempos.

«Son las circunstancias», puntualiza él. «Nunca he dicho «hasta aquí blanco y negro y a partir de ahora color». No, el color se puso ahí delante como diciendo «¿Me vas a querer o nos vamos a pegar de hostias?» y la respuesta fue «vamos a convivir cómodamente.» No obstante, sí hay un variación en sus composiciones, la geometría y las texturas que brillan por el color, le hacen dejar un poco en segundo plano la figura humana para deleitarse en la abstracción. Es llamativo que ahora en su estudio, las obras propias que cuelgan en las paredes son mayoritariamente de esta etapa.

En El instante Masats, la exposición que hasta finales de marzo está abierta en la galería Blanca Berlín, hay muchas de sus obras en color.

 

Andalucía, otra de las fotos de Ramón Masats de su estapa ochentera, que puede verse en Blanca Berlín.

Ramón Masats le hizo retratos a Buñuel, a Menéndez Pidal e incluso a Franco entre otros, sin embargo reconoce que esta especialidad no le ha enganchado. «El retrato me gusta menos. Lo tengo que crear yo y no sé hasta qué punto mi influencia cambia al retratado. En cambio, si coges una situación con la espontaneidad del aquí te pillo aquí te mato, el filtro de me gusta o no me gusta lo tengo dentro».

Su excelencia, que sigue inaugurando exposiciones de sus obras -la última, hasta finales de marzo, en la galería Blanca Berlín– lleva varios años retirado y hace tiempo cedió en adopción -a personas muy queridas- sus inseparables compañeras de aventuras: dos Leicas, dos Nikon y dos Hasselblad. Ahora no toca una cámara ni para cambiarla de sitio. Asegura que no tuvo una crisis profesional, no se le rompió el amor de tanto usarlo y que después de casi seis décadas de carrera no lo echa para nada de menos. «Se acabó», dice. Según explica Sonia, su padre no es una persona que se regodeé en el pasado, no es nostálgico ni nada obsesivo. En pocas palabras, «Es un hombre práctico y un poco pasota», simplifica.

Masats y su hija Sonia que, junto al fotógrafo Chema Conesa, están poniendo orden en los archivos del maestro. ©Thomas Canet
Padre, hija, caos, orden y demás hierbas… O sea, la vida

Aprovechando la presencia de Sonia lanzamos un dardo:

Por cierto Maese Masats ¿Era y es un padre tirano?

«¡No! la tirana es esta -interrumpe Ramón rápidamente-. Ella no vive en Madrid, y ahora que estoy un poco débil viene día sí y día no. Por una parte estamos poniendo orden y haciendo una recopilación de todo lo que ha sido mi vida fotográfica… Pero por otra, hay una sesión gimnástica que odio… Más o menos como a la foto de los curas», rie.

Misa de madres de la División Azul (Madrid, 1957). ©Galería Blanca Berlín
Costa Brava (1962). ©Galería Blanca Berlín

Orden y caos en la vida de un señor que siempre se ha dejado llevar… Por su instinto. Su desfachatado y famoso pasotismo, ha conseguido que Sonia y el fotógrafo Chema Conesa -comisario de la exposición Visit Spain que el año pasado se inauguró en Tabacalera durante PHE20, estén descubriendo, recolectando, clasificando y ordenando los archivos -negativos, cartas, textos y fotos familiares- que Masats, en su momento, hace siglos, abandonó a su suerte. «Ya no los usaba, las fotos ya estaban tomadas y las ponían en el rincón de Ya hecho. No las tenía presentes», explica. «Creo que sospechan que me voy a morir -susurra con una sonrisa picarona- Y pienso que no están equivocados.»

«¡Pero no es porque sospechemos qué te vas a morir pronto! Tienes unas analíticas papá que nos dan cien mil vueltas. Es porque alguna vez había que hacerlo ¿no?», le regaña Sonia.

«¡Exactamente!, reconoce Ramón. Yo no archivaba nada, tenía un rincón donde vas tirando cosas, y ahora que vamos sacándolas salen cosas interesantes que ni siquiera me acordaba de que existían».

¿Le tiene miedo a la muerte?

«No, es natural. Ahora mismo con el virus dicen: «Vamos a vacunar a los mayores de 80″ y yo pienso: Tengo 89 ya. Pero en realidad me gusta mucho todo ese tinglado de que se haga el archivo, además Sonia y el Chema lo están llevando de maravilla». Entre los hallazgos durante este reinado del orden, Sonia nos cuenta: «¡Hay de todo! Encontramos un salvoconducto de mi abuela de la época de la Guerra Civil».

 

Ahora empiezo a saber de qué va la vida, pero como me voy a morir ya ¡No me sirve de nada! Para los que vais a seguir viviendo, yo os recomendaría que viváis lo más libres que podáis haciendo lo que os gusta. Yo lo he podido hacer. R.M.

El tiempo se nos pasa volando y hay que despedirse de nuestro anfitrión. Un placer conocerle y ya que estamos, las últimas preguntas:

En marzo estrenará los 90 años son mucha vida… ¿Se aburrió en algún momento? ¿Conoce el aburrimiento?

Sí, me han hablado de él, pero no me aburro. Si tengo que irme un mes a la playa, disfruto de ese mes leyendo, bañándome.

¿Ya ha descubierto de qué va esto de vivir?

Ahora empiezo a saberlo, pero como me voy a morir ya ¡No me sirve de nada! Pero para los que vais a seguir viviendo, yo os recomendaría que viváis lo más libres que podáis haciendo lo que os gusta. Yo lo he podido hacer.

¿Y la felicidad? Lo ha descubierto

A veces, unos días eres feliz, otro no. Si eres sensible es así, sino, siempre es igual. Eres feliz o desgraciado, porque hay gente cuya profesión es ser desgraciado y otra, tontamente felices. La felicidad no es constante, es un montaña rusa.

EL INSTANTE MASATS Hasta el 20 de marzo

GALERÍA BLANCA BERLÍN: C/ del Limón, 28, frente a C.C. Conde Duque, Madrid

 

 

 

 

 

 

2 Replies to “Ramón Masats: «La felicidad no es constante, es un montaña rusa»”

  1. ¡Cómo valoro la no discriminación por edad Bettina! Como si tener 90 años fuese sinónimo de ser tonto o algo parecido… Ya lo decía un paisano con el que compartí ascensor hace años, refiriéndose a uno que acababa de salir por la puerta ‘el que es tonto de joven, es tonto de viejo’ ja ja ja. ¡Qué grande Ramón Masats!!!

  2. Grande tú mi Lunita! Lo importante es poder decir «quién me quita lo bailado, lo que bailo y lo que (espero) me queda por bailar», independientemente de la edad que tengas, ja ja. Abrazo enooorme!

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